Por Leticia Luna
*Texto leído en la presentación de la antología
En el principio, el uno sintió el deseo infinito de buscar al otro, su yo multiplicado, en la estrella que salta de la claridad ensangrentada del crepúsculo al alba, para develar el misterio infinito del ser, y averiguar aquello que es imposible para la razón humana. Así, la noche se convirtió en la musa de todos los poetas. Y la muerte en señora de la entrada del templo a la otra vida.
Nadie en la Antigüedad podría haber dicho que todas las artes elevadas no vinieran de Dios y su luminosidad, pero también hay quienes le han cantado a la musa oscura; sabios, profetas y profetisas, poetas y artistas varios han echado mano de sus secretos, arcanos y misterios, rebeldes que han vislumbrado el lado oscuro de las cosas. La presente antología “Descifrar el laberinto”, que nos presenta Verso Destierro y la Librería de las utopías posibles, llamada precisamente “El Laberinto”, evoca la metáfora de un laberinto en su interior, con las excelentes ilustraciones de Omar Soto y la corrección de estilo de la poeta Refugio Pereida, una bella edición producto de un concurso llevado a cabo en el año 2007 y cuyos jurados fueron los poetas Saúl Ibargoyen, Maricruz Patiño y Carlos Próspero García.
El enredo más complejo de los caminos que se entrecruzan y bifurcan, es quizá la metáfora más exacta del laberinto; perderse en un atajo sin salida, retardar el paso del viandante, el iniciado o el artista, quienes desean llegar al centro de su recorrido, llámese ascenso espiritual, secretos místicos o conclusión de una obra artística, es la fórmula gráfica de ese mandala llamado precisamente laberinto, y que en diversas culturas ha expresado esta encrucijada del hombre. Así, se encuentran en ciertas grutas antiguas, como la Sibila de Cumas; en el piso de las catedrales medievales, como firma de un gremio o cofradía de constructores, en China, Teotihuacan o Egipto. El recorrido del peregrino en casa, por ejemplo, era el recorrido del laberinto marcado en el templo de Jerusalén; para los antiguos alquimistas ese misterio era el laberinto de Salomón, serie de círculos concéntricos, fusión mágica de caminos intrincados de la sabiduría, o el trayecto que debe seguir todo artista para llegar al centro, y así culminar su obra; es también un camino de meditación “concentrarse en uno mismo a través de los mil caminos de las sensaciones”, nos dice Jean Chavalier.
Imagen de Omar SotoOtro significado es el de una fortaleza que guarda en su centro algo sagrado, y por lo tanto un tesoro; aunque los laberintos también se usaron en las casas de la antigua Grecia para contrarrestar las influencias maléficas. Lo cierto es que en casi todas las culturas, el laberinto es el camino que tiene que resolver el iniciado para llegar a un misterio; y casi siempre se trata de los misterios de la muerte (puerta a la otra vida); por eso me llama la atención el hecho de que el tema de lo oscuro y la muerte sea precisamente uno de los ejes de la poesía que presenta esta antología.
“Descifrar el laberinto” se conformó a partir de una prueba, un concurso al que acudieron n, número de participantes. Y están en la antología, quienes pasaron esa prueba de iniciación, ¿qué hay en el centro de este laberinto? la Poesía, acto sagrado y profano, ¿lograron develar sus misterios los 10 poetas publicados?
En la entrada del laberinto encontramos a Jesús Bartolo Bello, gran poeta de Guerrero, quien desde su libro No es el viento el que disfrazado viene, adquirió los secretos del misterio poético y encontró el centro, ¿cómo desenredó el enigma?, con el hilo de plata que lo ha hecho escribir otros libros que nos ha entregado a sus lectores. Hoy le tocó hacernos vislumbrar los “Sepias del camino”, mostrándonos una fórmula: Se comienza por una sonrisa / Luego por un gesto indefinible. / Se sigue de largo, sin pausa / caminando en puntas por la acera. / En el recorrido / se piensa en alacranes / En posibilidades de alebrijes /…/ En el trayecto el agua nos guarece /…/ Un relincho de muerte o de vestigio. / La incredulidad va con uno en línea recta; /Derecha o izquierda del desengaño, hay en la ruta. Oh, poeta, danos tu palabra.
Una vez dentro del laberinto José Miguel Lecumberri, quien con los libros que ha publicado ha constatado ser un buen poeta, escribe: Cuán perfectas son las bestias minerales y para apreciar la nítida tiniebla: el himno decadente de la gloria en que se constituirán las ruinas de un extinto imperio; en sus versos aparecen, con una mezcla gótica renovada: el cuervo, el dragón, los ángeles, la muerte, asesinos, cadáveres, profetas, serpientes y castillos; abiertamente hace un homenaje a Arthur Rimbaud en su poema “Belleza”; donde escribe: La volví a sentar en mis rodillas, pero esta vez ya no la encontré amarga, alma desangrentada, cenizas y placer, constituyen este yo poético y profético de Lecumberri.
Víctor Manuel Ramírez, llega a un lugar de descanso en el laberinto, presa de los hechizos de la melancolía por la amada, describe dos plazas: Soy en la plaza una barca baldía / corta en mí toda esperanza todo / Un girasol de nubes cortan de tajo el sol / No me detiene nada a ver su dulce templado / Hay un frío… un frío que no cesa. Lo que nos transmite es el encanto de una musicalidad naciente.
Un momento climático de este recorrido, lo constituye el poema “Agnosis”, de Daniel Humberto Solís. Aquí la duda existencial asfixia al viandante. Me voy a permitir leer parte del poema… Esta suerte de templo interior que exige reconocerse a sí mismo, blasfema, se hunde, alimenta, nace, aborta, muere, se excomulga, contempla, recuerda, ayuna, se crucifica, mata a Dios, coloca al Hombre y reconoce las lenguas de Babel, son precisamente las llagas que ha producido el camino al viajero, aquel que se ha abismado en el alma humana, que la ha desgarrado, la ha crucificado y ha vuelto a renacer; este es el camino de la iluminación del que hablaba Rimbaud. Un excelente poema que explora el interior de uno mismo en medio de todos los peligros que nos asechan, porque ya para entonces el lector se ha convertido en el caminante del misterio que nos ofrece este laberinto.
Alejandro R. Cabañéz, escribe Si mi corazón es negro, el de ella es de piedra… La noche eterna, el camino no termina… tal parece que ha perdido la brújula del laberinto pero inmediatamente la encuentra y deja pistas: ha dejado un poema en la guantera.
Gabriela Puente, con un tono antisolemne, coloquial y novedoso escribe: liberarme de las órdenes / al carajo los mandatos / yo no voy a obedecer ojetes. Recurro a la frase de John Milton: “Canta celeste musa, la primera desobediencia del hombre”. Y en este caso de la mujer; su lenguaje es crudo y utiliza como motivo poético al perro (en masculino y femenino) como hilo conductor de una rabia, nada contenida y sí expresada sin tapujos.
Por otra parte, me gustó mucho el largo aliento de los poemas de Estephanie Granda Lamadrid, su personaje Amarga, una especie de ángela caída, hilo conductor de una angustia existencial: está huérfana y al mismo tiempo colmada de amorosas palabras y cánticos interminables.
Lo interesante de las dos poetas que nos presenta la antología, es que ellas no son Ariadna, la bella que se quedó fuera del laberinto esperando que Teseo cumpliera su promesa matrimonial, ellas son poetas que inician el camino con una voz firme y poderosa.
En la entrada del círculo central del laberinto encontramos a Ian Soriano (Tercer lugar en el concurso); es un poeta que me sorprendió: cautivo en la profecía de un círculo de tumultos, su voz poética me hizo regresar a Milton, a Rimbaud, Saint-John Perse; el tono de la clarividencia en el poema “El ciclo de las cosas”, y la blasfemia, como alquimia del verbo, lo hace un texto religioso en un diálogo a la inversa con o contra Dios. La muerte se coloca como el hilo indestructible de Ariadna; Ian recrea, diría Milton: Mundos poéticos sacados de la naturaleza perversa del hombre, Satán, corroído por el odio, habla y blasfema contra el supremo, de lo individual alcanza tonos proféticos de un yo poético que ha vislumbrado dos siglos, la firmeza del verso y el tono que sostiene a lo largo de los poemas lo colocan como una promesa de la actual poesía mexicana en ciernes.
Guillermo Santana se adentra en el laberinto y en su “Evocación del buitre” nos dice El punto más cercano a la muerte es el hambre, el viandante está alucinado, ha alcanzado una temperatura mayor y vislumbra la puerta al otro mundo: en medio de las calles siempre ronda la muerte, la noche, Mefisto, unicornios, dragones, en el abismo bestial de la maleza citadina, una mezcla de mitos y urbe también le dan un tono gótico actualizado.
Representación tallada en madera de la librería El Laberinto.Hemos llegado a la perla mágica, la luna llena refulge en el centro de la moneda, la apuesta es mayor, hincado como un sacerdote de la noche se encuentra nuestro poeta ganador, Homenic Fuentes, quien para exorcizar a la muerte escribe sobre el asesino. El verdadero buitre, la verdadera carroña. Él ha dominado la angustia existencial de nuestra época y habla en la voz de todos los criminales y ninguno, “Serial” encarna la metáfora de cualquier época, pero dadas las circunstancias históricas, nos recuerda a las muertas de Juárez, una y otra contadas con el crudo pulso del verdugo. Es inevitable la evocación bíblica del poeta ante la muerte: … Recuerdan a la gran Sodoma / las gotas de veneno / el mar de sangre teñido por la plaga / o abierto por la vara de Moisés. / Cada uno de los huesos caerá como los muros de Jericó. Milton nos diría: Mundo en que toda vida muere y en que toda muerte vive. Para exorcizar al asesino hay que morir viviendo. Felicito ampliamente a Homenic Fuentes, quien con este premio brinda testimonio de la maestría de su pluma y de que en su recorrido ha sido tocado por la Musa.
Hemos llegado al final y ahora podemos preguntarnos, ¿si el príncipe Teseo o Leonardo da Vinci salieron del laberinto, cómo lo haremos nosotros?, el lector podría lanzar una pregunta para tratar de regresar: ¿En qué ha transformado el yo poético de cada uno de los poetas, esta antología? El tiempo y cada poeta lo dirá. Lo cierto es que nadie sale ileso de este laberinto.
