miércoles, 23 de julio de 2008

Los secretos del laberinto

Por Leticia Luna

*Texto leído en la presentación de la antología

En el principio, el uno sintió el deseo infinito de buscar al otro, su yo multiplicado, en la estrella que salta de la claridad ensangrentada del crepúsculo al alba, para develar el misterio infinito del ser, y averiguar aquello que es imposible para la razón humana. Así, la noche se convirtió en la musa de todos los poetas. Y la muerte en señora de la entrada del templo a la otra vida.

Nadie en la Antigüedad podría haber dicho que todas las artes elevadas no vinieran de Dios y su luminosidad, pero también hay quienes le han cantado a la musa oscura; sabios, profetas y profetisas, poetas y artistas varios han echado mano de sus secretos, arcanos y misterios, rebeldes que han vislumbrado el lado oscuro de las cosas. La presente antología “Descifrar el laberinto”, que nos presenta Verso Destierro y la Librería de las utopías posibles, llamada precisamente “El Laberinto”, evoca la metáfora de un laberinto en su interior, con las excelentes ilustraciones de Omar Soto y la corrección de estilo de la poeta Refugio Pereida, una bella edición producto de un concurso llevado a cabo en el año 2007 y cuyos jurados fueron los poetas Saúl Ibargoyen, Maricruz Patiño y Carlos Próspero García.

El enredo más complejo de los caminos que se entrecruzan y bifurcan, es quizá la metáfora más exacta del laberinto; perderse en un atajo sin salida, retardar el paso del viandante, el iniciado o el artista, quienes desean llegar al centro de su recorrido, llámese ascenso espiritual, secretos místicos o conclusión de una obra artística, es la fórmula gráfica de ese mandala llamado precisamente laberinto, y que en diversas culturas ha expresado esta encrucijada del hombre. Así, se encuentran en ciertas grutas antiguas, como la Sibila de Cumas; en el piso de las catedrales medievales, como firma de un gremio o cofradía de constructores, en China, Teotihuacan o Egipto. El recorrido del peregrino en casa, por ejemplo, era el recorrido del laberinto marcado en el templo de Jerusalén; para los antiguos alquimistas ese misterio era el laberinto de Salomón, serie de círculos concéntricos, fusión mágica de caminos intrincados de la sabiduría, o el trayecto que debe seguir todo artista para llegar al centro, y así culminar su obra; es también un camino de meditación “concentrarse en uno mismo a través de los mil caminos de las sensaciones”, nos dice Jean Chavalier.

Imagen de Omar Soto

Otro significado es el de una fortaleza que guarda en su centro algo sagrado, y por lo tanto un tesoro; aunque los laberintos también se usaron en las casas de la antigua Grecia para contrarrestar las influencias maléficas. Lo cierto es que en casi todas las culturas, el laberinto es el camino que tiene que resolver el iniciado para llegar a un misterio; y casi siempre se trata de los misterios de la muerte (puerta a la otra vida); por eso me llama la atención el hecho de que el tema de lo oscuro y la muerte sea precisamente uno de los ejes de la poesía que presenta esta antología.

“Descifrar el laberinto” se conformó a partir de una prueba, un concurso al que acudieron n, número de participantes. Y están en la antología, quienes pasaron esa prueba de iniciación, ¿qué hay en el centro de este laberinto? la Poesía, acto sagrado y profano, ¿lograron develar sus misterios los 10 poetas publicados?
En la entrada del laberinto encontramos a Jesús Bartolo Bello, gran poeta de Guerrero, quien desde su libro No es el viento el que disfrazado viene, adquirió los secretos del misterio poético y encontró el centro, ¿cómo desenredó el enigma?, con el hilo de plata que lo ha hecho escribir otros libros que nos ha entregado a sus lectores. Hoy le tocó hacernos vislumbrar los “Sepias del camino”, mostrándonos una fórmula: Se comienza por una sonrisa / Luego por un gesto indefinible. / Se sigue de largo, sin pausa / caminando en puntas por la acera. / En el recorrido / se piensa en alacranes / En posibilidades de alebrijes /…/ En el trayecto el agua nos guarece /…/ Un relincho de muerte o de vestigio. / La incredulidad va con uno en línea recta; /Derecha o izquierda del desengaño, hay en la ruta. Oh, poeta, danos tu palabra.

Una vez dentro del laberinto José Miguel Lecumberri, quien con los libros que ha publicado ha constatado ser un buen poeta, escribe: Cuán perfectas son las bestias minerales y para apreciar la nítida tiniebla: el himno decadente de la gloria en que se constituirán las ruinas de un extinto imperio; en sus versos aparecen, con una mezcla gótica renovada: el cuervo, el dragón, los ángeles, la muerte, asesinos, cadáveres, profetas, serpientes y castillos; abiertamente hace un homenaje a Arthur Rimbaud en su poema “Belleza”; donde escribe: La volví a sentar en mis rodillas, pero esta vez ya no la encontré amarga, alma desangrentada, cenizas y placer, constituyen este yo poético y profético de Lecumberri.

Víctor Manuel Ramírez, llega a un lugar de descanso en el laberinto, presa de los hechizos de la melancolía por la amada, describe dos plazas: Soy en la plaza una barca baldía / corta en mí toda esperanza todo / Un girasol de nubes cortan de tajo el sol / No me detiene nada a ver su dulce templado / Hay un frío… un frío que no cesa. Lo que nos transmite es el encanto de una musicalidad naciente.
Un momento climático de este recorrido, lo constituye el poema “Agnosis”, de Daniel Humberto Solís. Aquí la duda existencial asfixia al viandante. Me voy a permitir leer parte del poema… Esta suerte de templo interior que exige reconocerse a sí mismo, blasfema, se hunde, alimenta, nace, aborta, muere, se excomulga, contempla, recuerda, ayuna, se crucifica, mata a Dios, coloca al Hombre y reconoce las lenguas de Babel, son precisamente las llagas que ha producido el camino al viajero, aquel que se ha abismado en el alma humana, que la ha desgarrado, la ha crucificado y ha vuelto a renacer; este es el camino de la iluminación del que hablaba Rimbaud. Un excelente poema que explora el interior de uno mismo en medio de todos los peligros que nos asechan, porque ya para entonces el lector se ha convertido en el caminante del misterio que nos ofrece este laberinto.

Alejandro R. Cabañéz, escribe Si mi corazón es negro, el de ella es de piedra… La noche eterna, el camino no termina… tal parece que ha perdido la brújula del laberinto pero inmediatamente la encuentra y deja pistas: ha dejado un poema en la guantera.

Gabriela Puente, con un tono antisolemne, coloquial y novedoso escribe: liberarme de las órdenes / al carajo los mandatos / yo no voy a obedecer ojetes. Recurro a la frase de John Milton: “Canta celeste musa, la primera desobediencia del hombre”. Y en este caso de la mujer; su lenguaje es crudo y utiliza como motivo poético al perro (en masculino y femenino) como hilo conductor de una rabia, nada contenida y sí expresada sin tapujos.

Por otra parte, me gustó mucho el largo aliento de los poemas de Estephanie Granda Lamadrid, su personaje Amarga, una especie de ángela caída, hilo conductor de una angustia existencial: está huérfana y al mismo tiempo colmada de amorosas palabras y cánticos interminables.

Lo interesante de las dos poetas que nos presenta la antología, es que ellas no son Ariadna, la bella que se quedó fuera del laberinto esperando que Teseo cumpliera su promesa matrimonial, ellas son poetas que inician el camino con una voz firme y poderosa.

En la entrada del círculo central del laberinto encontramos a Ian Soriano (Tercer lugar en el concurso); es un poeta que me sorprendió: cautivo en la profecía de un círculo de tumultos, su voz poética me hizo regresar a Milton, a Rimbaud, Saint-John Perse; el tono de la clarividencia en el poema “El ciclo de las cosas”, y la blasfemia, como alquimia del verbo, lo hace un texto religioso en un diálogo a la inversa con o contra Dios. La muerte se coloca como el hilo indestructible de Ariadna; Ian recrea, diría Milton: Mundos poéticos sacados de la naturaleza perversa del hombre, Satán, corroído por el odio, habla y blasfema contra el supremo, de lo individual alcanza tonos proféticos de un yo poético que ha vislumbrado dos siglos, la firmeza del verso y el tono que sostiene a lo largo de los poemas lo colocan como una promesa de la actual poesía mexicana en ciernes.

Guillermo Santana se adentra en el laberinto y en su “Evocación del buitre” nos dice El punto más cercano a la muerte es el hambre, el viandante está alucinado, ha alcanzado una temperatura mayor y vislumbra la puerta al otro mundo: en medio de las calles siempre ronda la muerte, la noche, Mefisto, unicornios, dragones, en el abismo bestial de la maleza citadina, una mezcla de mitos y urbe también le dan un tono gótico actualizado.

Representación tallada en madera de la librería El Laberinto.

Hemos llegado a la perla mágica, la luna llena refulge en el centro de la moneda, la apuesta es mayor, hincado como un sacerdote de la noche se encuentra nuestro poeta ganador, Homenic Fuentes, quien para exorcizar a la muerte escribe sobre el asesino. El verdadero buitre, la verdadera carroña. Él ha dominado la angustia existencial de nuestra época y habla en la voz de todos los criminales y ninguno, “Serial” encarna la metáfora de cualquier época, pero dadas las circunstancias históricas, nos recuerda a las muertas de Juárez, una y otra contadas con el crudo pulso del verdugo. Es inevitable la evocación bíblica del poeta ante la muerte: … Recuerdan a la gran Sodoma / las gotas de veneno / el mar de sangre teñido por la plaga / o abierto por la vara de Moisés. / Cada uno de los huesos caerá como los muros de Jericó. Milton nos diría: Mundo en que toda vida muere y en que toda muerte vive. Para exorcizar al asesino hay que morir viviendo. Felicito ampliamente a Homenic Fuentes, quien con este premio brinda testimonio de la maestría de su pluma y de que en su recorrido ha sido tocado por la Musa.

Hemos llegado al final y ahora podemos preguntarnos, ¿si el príncipe Teseo o Leonardo da Vinci salieron del laberinto, cómo lo haremos nosotros?, el lector podría lanzar una pregunta para tratar de regresar: ¿En qué ha transformado el yo poético de cada uno de los poetas, esta antología? El tiempo y cada poeta lo dirá. Lo cierto es que nadie sale ileso de este laberinto.

Asesinato escénico

Homenic Fuentes

Tan bella la muñeca es.
La voz
se le transparenta
en sus adentros
de algodón y felpa.
Con los ojos de botón, cafés
trepa la pared
de azulejos marrón.

El agua le cae convertida en cristal
de la regadera. Su alma sintética no dice nada.
De su boca roja, estambre,
un quejumbroso adiós desprende.

―Qué bellos son los alfileres

que le incrustó el destino―
su vientre anida infinitas cabezas metálicas.

Quién pensará que los fetiches

se aproximan a rebanar la vida.

La gillette y su empaque rojo
corrompen la escena.
Un extremoso olor a trapo viejo
se mezcla con el agua estancada:
la humedad trasciende
golpea la respiración con fuerza.

Pero, incluso así
sobre el tapete rojizo y líquido

es bella la muñeca.


Evocación del Buitre

Guillermo Hernández Santana

El punto más cercano a la muerte
es el hambre.

El polvo anda arrastrando heridas,
hambre, sed, pero sobre todo huesos.

Ahí.
En la materia frágil que el desierto carcome el viento se mezcla
con hebras de polvo calcinado, los buitres dominan parajes
en silencio
y esta parvada de pasos
sueltos bajo la propia sombra
los desenredan ráfagas.

Testiga de osamentas reunidas bajo la sed
sólo queda el aliento de la cría que no buscará su nido.

Ni el viento en la garganta
saciará la frescura
ni los ojos del buitre
tallarán la carroña.

El ciclo de las cosas (fragmento)

Ian Soriano

I

Ha pasado toda dispersión mía, los demás -que son mi autopsia- entran, es su turno Adelante Le entrego en sobre cerrado -de mano a mano- mi carta de renuncia a la vida

Vengan a compadecerse peces que parecen ojos y universos que lloran porque escuchan con su enorme cola el ciclo de las cosas Y vengan las campanas con sus voces, entren por la ventana en el domingo más triste: ¡A ver qué pellejo es embarrado en mi corazón! mientras en el callejón de un mesías inútil lloro los tormentos de la inocencia

Soy la alta montaña en búsquedas de suelo Tengo en mí una fatiga de todos los colores Llevo mis ojos debajo de mis pies, y debajo de faldas indispensables de todos los colores

Por debajo de mi saliva una culebra y yo estamos juntos
Es la hora del último sostén roto en mi alegría, su veneno con su palabra doliente sigue un calibre que lame terrenal una tarde que cura y muerde La carne rinde al contacto, la lumbre se abomina en un beso negro Belleza destructiva es carne, el amante es verso del encierro

Cada uno ¿en qué lugar remoto de sí mismo se encuentra? Si somos eso que nos salpica, eso que flota en el ilusorio bello Ellos: héroes divididos entre madrotas y pesadillas, penumbras vulválicas en el profundo sueño de Ellas: el arrastre del ancla de un cuerpo que no les hace falta; viejos veleros que tiran flores muertas desembarcan en un desfile de águilas con rabia

Cada continente es un mural del odio y cada ruido de cada mar es un lamento en la tinta del dios pintor de la humanidad, en la noche en que más nacen bocas y se estrangula el diálogo En días vacíos de un sol que destruye la ropa de los ancianos al igual que espaldas de cuerpos hermosos enterrados boca abajo

Amarga (fragmento)

Estephani Granda Lamadrid

No quiero dejar mi boca pegada a tu nombre Amarga
Mejor hazte daño desmenuzando estrellas con la mirada
desnúdate toda de la luz para que pueda besar tu sombra
tu oscuridad inexperta
tu carne que sabe a frío y a miedo

Quítate ese pantalón que arde en tus piernas Amarga
ahuyenta los cabritos que están muriendo
de sed en tu vientre Amarga
niégales la muerte y la sal Amarga
atraviesa de puntillas mi corazón Amarga
Mi cansada Amarga
destroza con tus labios mi puerta
arranca mi historia
tu historia de mi librero
hagamos una fiesta en mi tumba
en el silencio que pliega la noche
Mi Amarga
desempólvate las esquinas
abre las piernas para que salga la muerte Amarga

Tiéndete desnuda
sin luz
para besarte toda
mi dulce Amarga

Cambiar el lado del papel

Gabriela Puente

cambiar el lado del papel
sólo para distraer

la perra se sacude
para irritarme
se relame la sed
con afán de que no olvide
(que) no soy buena
(y que) las cosas nunca salen bien

ahora ronca la perra
cada que le rugen las tripas
la comida es un sueño
mal alimentado

la perra duerme
con el hocico entre las patas
oliéndose la cosa.

nos viene el insomnio
y merodeamos los rincones
las esquinas
andamos en medio los muros
con la cola entre las patas

Agnosis (fragmento)

Daniel Humberto Solís

¿Cómo saber que existimos?
Si fuiste ceniza antes que polvo
Si sangro los pechos de infinitas madres
Si la inmortalidad vendrá, sólo después de morir


Reconócete
en las migas pétreas, atezadas
de la tiniebla

Permite
que el espacio se coagule
y asfixie la profecía
escrita con huecos

Busca
los sonidos apócrifos del bosque
la caminata irrastreable
el ocaso rizófago

Húndete
en el instante del trueno
en la agonía del orto
en tu origen revelado
absoluto e ingenuo
oculto en los mitos atrofiados
del crepúsculo
del azar
de la gotera extirpada

Alimenta tus sentidos
con el responso de los sueños

.

La fe
es una sicaria indulgente


Naciste
en la fuga del abismo
en una latencia ruin
que sólo disipa tu pasado anacrónico,
lo vuelve alimento de cínicos

Abortaste
en los parajes limítrofes de la alternancia
una tregua dislocada

Moriste
con el retraso informe del séptimo día
en que la carne
reprimió al animal y lo ató a su trascendencia,
en que los abismos se volvieron frágiles
y comulgaron con el silencio,
en que las últimas risas
vagaron leprosas en la traquea del eco,
hasta ahogarlo, sin querer
con sus propios lamentos

Sexo mío

Alejandro R. Cabañez

Sexo mío.
Tema de mis deseos
Cuerpo incendiario de mis bosques y solísimas cuevas.
Cosechas de cuervos
largos picos negros
como puentes erigidos por dioses
siempre apresados en tu mirada al otro lado del río... entre tu olimpo y mis manos torpes.
Serenata a una vela... sombras bellamente dormidas en tu piel... desatando de pronto gritos inquietos, apaciguando el mar en tu aliento sin el mío... las manos quietas... a la deriva... un brote
Ronquidos de búho... cabalgatas bajo lunas boreales... cerrando las cortinas del espejismo nebuloso... cojines y flores nacen de tus últimos suspiros... tan sólo un roce
me basta para hacerte mía y yo parte de tu nombre...
Las hojas manecillas... el viento amarillo... la sangre deletreada en tus labios... letras escritas en tu vientre de mujer bendecida... en las entrañas del fuego y la tierra... límite del cielo y las aguas frías de mi ser. O no.
Por eso, por lo que es, y por nuestros distintos movimientos angulares inventados dulcemente una mañana de enero... te confieso, te transcribo, amor mío... que no sé cómo acallar las caídas de las hojas mientras hacemos el amor... y diferenciar... entre tu silueta... a la luz del sol perfecto... sobre un navío recién bautizado cruzando el horizonte... lejano...
Lo bendigo:
“Tú eres poesía... toda poesía... callada...
de ridículos y pequeños pies”.

Olvido

José Miguel Lecumberri

Cuán perfectas son las bestias minerales,
tus hijos son mucho mejores que nosotros,

sale el sol y mi piel se resiste a la invasión de su cálido manoseo,
todo lo pasajero se ha establecido en mi cuerpo;

la muñeca decapitada ha ensangrentado el piso
con trozos de plástico fundido,
lo artificial acosa a la vida en las fronteras de lo fortuito,
una nueva raza se colma de favores
pues ya no somos atractivos para el absurdo

los dioses han recuperado sus apuestas,
el fin del camino es un suceso que la Historia diagnosticó
como una enfermedad pasajera, siempre presente,
¿lograré apreciar su nítida tiniebla?

Sepias del camino (fragmento)

Jesús Bartolo Bello

Ir en el ritmo, en la cadencia de los pies
Por la planicie del asfalto pensando en el adónde,
En el lugar, es comenzar la marcha.
La capicúa para enmendarse jamás se rumiará,
Lo cerca revelará su horizonte.
Lo lejos dará diez vueltas sobre sí
Y encontrará el lugar perfecto para echarse.
No podremos negar que en todo esto hay un deleite,
Un pez de agua dulce en celo,
Un poco de sudor y de prestancia,
Tal vez una forma de disimulo y un mulo
Cuesta arriba con las carga de nuestros daños,
Y años en minúsculos trajes de chaquira.

Me detengo para proponer un ademán
Como quién se plantea encontrar al futuro,
Aunque muchos digan que ese animal no existe,
Buscaré el consuelo de su invento.

Que más puede uno ofrecer, sino la oreada vida,
El pulso y el latido no alcanzan la condición de cebo,
Arrojaré (pues) de carnada cada una
de las partes de mi cuerpo.

Si el parkinson de mis pasos me lleva al extravío
El intento de llegar no habrá sido en vano.
Las ganas de ir redoblaré,
Aunque la sonrisa del primer verso se esté pudriendo
Y la distancia del punto móvil que soy, que eres, que semos,
Al sitio que podemos ser, llegaré.

Vengo de venir viniendo y acaso el polvo no se note en mis zapatos.
Y nadie advierta en mis ojos la ulcera del cansancio.
Tal vez alguien perciba que respiro como una locomotora
Cargada de esputos de mí presencia.
Tal vez sólo pase desapercibido porque la fluidez de la memoria
Ha desplegado sus velas y los demás sólo se preocupan
Por andar el camino en la búsqueda de sus pasos.

Los kilómetros que faltan, los días por llegar,
Ocuparán mi afán sólo en la medida en que avance.
Metro a metro pisaré la distancia y me contaré una fábula
Aunque no me sepa ninguna.
Centímetro a centímetro, micra a micra,
Mi pie palpará el suelo y mi rictus comenzará a definirse.
Mi sonrisa emprenderá una carcajada
Hasta encontrar su geometría y en cada uno de sus lados
Por azar o destino, las vísceras de la alegría.